Las cosas no salen siempre como uno quiere,
a veces salen al revés.
Truman Capote
Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez
Hay momentos en la historia de las sociedades en que se define el tamaño de las democracias; en otros, se exhiben las fragilidades de las instituciones. Lo que sucedió en el programa del periodista Ciro Gómez Leyva con su entrevistado Israel Vallarta y su esposa, Mary Sáinz, pertenece a la segunda categoría. Ahí, en cadena nacional, amenazaron al comunicador con llevarlo ante los tribunales por haber dado voz a las víctimas de secuestro.
Como si eso fuera un gravísimo pecado en el trabajo periodístico, por cierto, en el país más peligroso del continente para ejercerlo. Gómez Leyva hizo bien en conceder el derecho de réplica a quienes lo solicitaron. Además de estar consagrado en la Constitución, lo hizo sin límite de tiempo. Dijeron cuanto quisieron decir y hasta donde les alcanzaron sus argumentos; terminaron exhibiéndose al lanzarle billetes en el estudio y levantarse de la mesa. ¿Entonces?
El tema pasa por la lentitud del sistema judicial. Nadie puede negar que mantener a una persona casi veinte años en prisión sin una sentencia constituye una vergüenza para cualquier Estado de derecho, sin importar quién gobierne. En México se estima que hay cerca de cien mil personas encarceladas en espera de sentencia. La absolución de Vallarta es una muestra de las fallas de un sistema incapaz de resolver los casos más emblemáticos. Pero una resolución judicial no tiene el poder de borrar la memoria de quienes afirman haber sido víctimas, porque esas existen y, como dijo Ciro, no es regla que la verdad jurídica sea la verdad histórica.
En el ejercicio periodístico, Vallarta no sólo defendía su inocencia —qué bueno que lo haga—, sino que exigía que el periodista renunciara a escuchar y difundir el testimonio de quienes sostienen una versión distinta. Alguien debería asesorarlo y decirle que de eso también se trata hacer periodismo. Se hizo lo que cualquier periodista profesional está obligado a hacer: recordar que los medios no dictan sentencias, pero tampoco pueden convertirse en cómplices del olvido. Ahí se contrastan las versiones, se buscan testimonios y se ponen a consideración de las audiencias.
Quienes conocemos la trayectoria de Ciro sabemos que no llegó hasta aquí por casualidad. Han sido más de cuarenta años de carrera y, desafortunadamente, no es la primera vez que enfrenta la violencia. En diciembre de 2022, cuando hombres armados intentaron asesinarlo mientras se dirigía a su domicilio, sobrevivió gracias al blindaje de su vehículo. Pero el mensaje fue inequívoco: había quienes preferían silenciarlo antes que responder a sus cuestionamientos. Aquel ataque fue un golpe directo contra la libertad de expresión, ante la mirada tímida y complaciente de Palacio Nacional.
En nuestro sistema penal, las víctimas suelen quedar relegadas. Cargan con procesos interminables, reviven una y otra vez su tragedia en una revictimización constante y, cuando finalmente llega una resolución judicial, muchas veces sienten que su historia desapareció de un plumazo. Escucharlas no significa condenar anticipadamente a nadie; darles voz no es una sentencia, es reconocer que el dolor también merece ser contado.
El derecho de réplica nació para ampliar la libertad de expresión, no para convertir los tribunales en una mordaza. Cuando un periodista deja de preguntar por miedo a una demanda, pierde el periodismo; cuando deja de escuchar a las víctimas, pierde la sociedad entera. Pero eso no les interesa, sino el espectáculo… Pero mejor ahí la dejamos.
Entre Palabras
Por cierto, mientras transcurría la entrevista, en redes sociales comenzaron a circular capturas de pantalla que muestran a Mary Sáinz en comunicación con varios youtuberos afines al régimen. Nadie se espanta. A estas alturas queda claro que, detrás del espectáculo, también hay un hilo político.
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Hasta la próxima.
