No hay que entregarles el corazón
a los seres salvajes: cuanto más
se lo entregas, más fuertes se hacen.
Truman Capote
Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez
Aquella jornada electoral del 1 de julio de 2018 fue realmente emocionante. A medida que transcurría la tarde se filtraban los resultados y no había sorpresa: el candidato por tercera ocasión, Andrés Manuel López Obrador, ganaría la Presidencia de la República. Aquella noche llegó a uno de los salones del Hotel Hilton, en Avenida Juárez. Desde ahí pronunció un discurso y aseguró que no iba a fallar. Hoy se cumplen ocho años de aquella fecha y los resultados están a la vista de todos: no son nada halagüeños y no se ve por dónde recomponer el camino.
Ahora que todo debería ser fiesta por aquel triunfo y por la continuidad del proyecto, desde Washington les recuerdan que la relación bilateral no pasa por su mejor momento. Así ha sido desde que llegó Donald Trump: por un lado, manda halagos a Claudia Sheinbaum y, por el otro, le da palo; en Palacio Nacional dicen que esa es la forma de comunicar del republicano. Así que, por ahora, el T-MEC entra en una etapa de incertidumbre. Aunque no es su acta de defunción, sí dejó de ser el ancla de estabilidad que se presumía ante el mundo. Eso genera turbulencia e incertidumbre en los mercados. Aquí se lo dije: nunca nos han dado trato de verdaderos socios; ni estos ni los de antes lo consiguieron.
Los argumentos expuestos por Estados Unidos ya no son únicamente comerciales. Se habla de seguridad, de la política de «abrazos, no balazos», de la crisis del fentanilo que Trump ha convertido en bandera, de la desaparición de organismos autónomos y de la reforma que derivó en la integración de la Corte del «acordeón»; también se habla de organizaciones criminales y de presuntos vínculos entre la política y el narcotráfico al amparo del poder. La presión diplomática crece conforme avanzan las investigaciones y las acusaciones públicas contra personajes cercanos a la presidenta, quien ha cerrado filas en defensa de sus colaboradores como si les debiera algo.
No fue una decisión exclusiva del gobierno mexicano; también influyen la política de Donald Trump y la nueva visión estadounidense sobre comercio y seguridad. Pero tampoco puede negarse que la relación bilateral llegó desgastada por una estrategia que privilegió el discurso nacionalista sobre la construcción de confianza. Hoy se cobran esas facturas y, mientras el gobierno responde denunciando intervencionismo, evita responder la pregunta de fondo: ¿por qué la desconfianza llegó a estos niveles?
¿Qué tal aquella promesa de no endeudar al país? La deuda pública terminó creciendo hasta rondar los 20 billones de pesos, una carga que ha continuado durante el gobierno de Claudia Sheinbaum. Traducido a la realidad, cada mexicano carga hoy con una deuda superior a los 150 mil pesos. No es una cifra abstracta; es otra factura que, tarde o temprano, terminarán pagando los ciudadanos mediante más impuestos, menor inversión pública o mayores costos financieros para el Estado.
Ocho años después, la transformación prometida terminó convirtiéndose en una pesada factura para todos. Gobernar no consiste solo en ganar elecciones; consiste en dejar un país mejor del que se recibió. Y esa, para millones de mexicanos, sigue siendo la gran deuda. ¿No crecemos, pero somos felices?… Mejor ahí la dejamos.
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Hasta la próxima.
